¿Pirámides o acueductos?

Nota publicada en la edición impresa del diario El Economista -25/1/17-.

Pregunta para los economistas autodenominados defensores de la “libertad”: ¿Cuando apareció el estado? ¿Quién creo este “aparato productor de ineficiencias”?

Fue hace muchos años, en algún lugar de la media luna fértil (Egipto, Mesopotamia y Persia), en el mismo instante que pasamos de recolectores a agricultores, es decir cuando nuestros antepasados prefirieron establecerse en un mismo lugar a seguir de mochileros por el mundo (en esa época los asirios ya usaban la barba hippster, aunque por otras razones). 

Llegó el excedente

El descubrimiento de la agricultura permitió la acumulación de los primeros excedentes (en forma de granos) y abrió la oportunidad para que algún pillo preguntase de manera inocente qué hacemos con lo que sobra de cada cosecha.

Obviamente fue este individuo (generalmente el más fuerte de la aldea) quien se postuló para dirimir tan sensible tema y por las molestias que esto pudiera generar, exigió un sueldo, estar exceptuado de las labores manuales y, sobre todo, tener personas a cargo (allí junto al estado nace el empleo público).

Existieron pueblos que utilizaron esos excedentes para construir pirámides, bellas obras de arquitectura pero carentes de toda utilidad socioeconómica como postula el brillante economista keynesiano Hyman Minsky. ¿Cuál es el beneficio social del Palacio de Versalles? Ninguno, salvo el cobro de una entrada al turismo que, de todas formas, se reinvierte en mantenimiento.

Sin embargo, otros pueblos más prácticos, como los romanos, construyeron caminos para el comercio y acueductos para que crecieran las ciudades. Luego, como todo pueblo exitoso se dedicaron al circo y a la buena vida y terminaron gastando el 80% del presupuesto público en mantener al ejercito (equivalente a 2,5% del PIB que, si bien puede parecer poco para nuestra sociedad moderna, era una enorme carga para una sociedad agrícola como la romana).

La actualidad

En el Siglo XXI, países tan antagónicos como EE.UU. y Argentina, comparten el privilegio de haber descuidado el gasto en infraestructura.

Actualmente, el gobierno federal americano solo destina 0,5% del PIB en infraestructura frente al 1% de tres décadas atrás. El peso de la inversión recae en los estados federales (provincias) y gobiernos locales (municipios). Estos destinan 2% del PIB, una cifra insuficiente y lejana al 3-4% de hace cuarenta años. Esto podría significar que recortar impuestos a las corporaciones no sea la receta para crecer. Las empresas pueden terminar distribuyendo los beneficios fiscales en dividendos o recompra de acciones o comprar más robots. Por eso el mercado se decepcionó (cayó el valor del dólar) cuando hace dos semanas Donald J. Trump no dio precisiones sobre el plan de infraestructura que dice tener listo para lanzar en los próximos días.

En Argentina, durante los ’90, se realizaron importantes inversiones en el sector de telecomunicaciones y energía, pero se descuidaron rutas, puertos y trenes. En los últimos quince años el deterioro fue en aumento. El excedente aquí no fue al recorte de impuestos (¡esto es Argentina!) sino a subsidiar el consumo con tasas de interés negativas (Plan Ahora 12) y con la electricidad, el gas y el agua regalados.

Entonces, la discusión sobre el papel del Estado en la economía no debe pasar únicamente por su tamaño sino también por cómo invertir el excedente que se genera todos los años. La disyuntiva se presenta entre pirámides o acueductos y sueldos o caminos.

No es el tamaño

A mis queridos economistas de la “libertad”: no me vengan con el tamaño del Estado. Pensemos en la vieja Europa donde el Estado duplica al estadounidense (40% vs. 20% del PIB) y los trabajadores cuentan con una generosa seguridad social (vacaciones y salud pública).

¿Cómo hacen para ser competitivos cuando enfrente tienen a EE.UU.? Gastando en infraestructura. El excedente se destina a obras que permiten llegar al trabajo más rápido y seguro o que un viaje al aeropuerto no implique dos horas en auto (desafío: aterrice en JFK a la hora pico y trate de llegar a Manhattan en horario). Porque la competitividad no sólo se logra devaluando el tipo de cambio sino también bajando los costos de producción por la mejora constante de rutas, trenes y puertos, aún a costa de pagar altos impuestos.

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