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Nota publicada en contratapa del diario El Economista -8/2/17-.

La economía global, vista como un todo interconectado, se parece a cualquier ecosistema del planeta donde las especies son interdependientes. Al igual que en la naturaleza, la economía también tiene especies en extinción como por ejemplo “aquella que demanda commodities” más conocida como la República Popular China.

China se transformó en una devoradora de commodities entre 2002 y 2011 para cimentar su despegue como potencia. Durante ese tiempo, los países latinoamericanos nos beneficiamos del llamado “súperciclo de las materias primas”. Pero ese cuento se terminó en el día de ayer cuando, por primera vez desde 2011, las reservas internacionales de China cayeron por debajo de los US$ 3 billones (todo lo que entra, sale). Los dólares que alguna vez ingresaron por exportaciones e inversión extranjera hoy se van en busca del real estate de Londres, Australia o California.

¿Y ahora qué? ¿Cómo sigue la película para nosotros?

Gran comitiva, baja expectativa

Mauricio Macri visitó a Michel Temer con este tema en su agenda: como superar la ausencia de la aspiradora china. Un problema que también afecta a Brasil. Aunque la comitiva de empresarios argentinos fue grande, la expectativa es baja porque mientras Argentina podrá crecer este año, nuestro vecino está en el horno y no hay indicios que vaya a resurgir de la peor recesión en cien años.

Mauricio quiere venderle más a Brasil (destino del 50% de nuestras exportaciones industriales) pero allí se enfrentan a un desempleo récord por la caída del consumo y, principalmente, de la inversión privada y por eso no hay quórum para más y mejores acuerdos. El Mercosur nació viciado de proteccionismo y por esta razón en treinta años nunca pudo alcanzar el nivel de integración y desarrollo del NAFTA o la UE.

El efecto Trump (prefería el efecto mariposa)

La elección de Donald J. Trump no hace más empeorar la situación. Argentina y Brasil quieren salir de un periodo de estancamiento secular (2011-2017) incrementando sus exportaciones a sus vecinos (industriales) y al mundo (agrícolas y mineras). Pero el mundo es un poco diferente ahora. Por un lado, China no crece como antes (ni demanda commodities) y, por el otro, el promotor del libre comercio (EE. UU.) parece querer hacer un viaje de 180° en su política comercial.

Argentina cuenta con la ventaja del ingreso de capitales financieros (tal como hiciera Brasil entre 2010- 2011) para financiar el consumo interno y la inversión (por eso tenemos record de emisión de deuda en dólares de los bancos argentinos) y poder crecer.

Pero una golondrina no hace verano y este viejo experimento de pedir dólares baratos y a tasas bajas para prestarlos localmente en pesos (o dólares) a tasas altas termina mal (pregúntenle que fue lo que se llevó puesto a Dilma: el petrolao o la recesión de 2014).

¿Quo vadis?

Mauricio lo intentó todo, eso no se le puede negar: armó conferencias de prensa, organizó el mini-Davos en el CCK y mandó sus mejores hombres a los roadshows por Londres y New York, pero parece que no fue suficiente para traer la lluvia de dólares que prometió. A veces, a este Gobierno lo mata la ansiedad (pienso en “el segundo semestre” todavía). Ahora intenta revivir el Mercosur. Difícil que le chancho chifle. ¿Cómo esperan obtener un resultado diferente aplicando las mismas recetas que desde 1985 fracasaron?

La agenda del Gobierno debe ser bajar el costo argentino para exportar algún día algo más que no sea soja. Pero para ello hay que aumentar la productividad rompiendo con paradigmas del pasado. Pienso en el régimen de promoción industrial de Tierra del Fuego. Ushuaia es un destino para el turismo, ¿A quién se le ocurre poner una fábrica en el fin del mundo?

Por suerte, no son todas malas y la buena noticia es que enero marcó un freno a la subida de la tasa de interés y el fortalecimiento del dólar. Gracias a este respiro que le dan los mercados, Macri compró tiempo para posponer el ajuste y para pensar.

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