Yo me bajo en Atocha, me quedo en Madrid

Nota publicada en contratapa del diario El Economista -22/2/17-.

Me imagino las impresiones positivas de Mauricio Macri en su primera visita de Estado a España: primero el aterrizaje en la moderna terminal 4 del Aeropuerto de Barajas, luego el trayecto en auto por las carreteras de circunvalación M-40 y M-30 (un especie de avenida General Paz soterrada) hasta el centro de la ciudad y, por último, un recorrido desde el hotel hasta La Moncloa observando la calidad y eficiencia del transporte público.

Porque aquí solo nos llegan las noticias de los indignados de la Puerta del Sol (¡así cualquiera!), el desempleo récord entre los jóvenes, los problemas del cuñado del Rey con el fisco y las aspiraciones independentistas de Cataluña.

Pero el año pasado fue, por lejos, el mejor desde la crisis de 2008. La economía creció 3,2% impulsada por el consumo interno gracias a la mejoría observada en el mercado de trabajo (el desempleo cayó), el ligero aumento en el gasto público (igual, el déficit fiscal fue de 4,6%, cerca de los objetivos planteados por la Comisión Europea) y una recuperación en la confianza de los consumidores.

TC + infraestructura

¿Cuál es la receta? Imagino también esa pregunta de Macri a Mariano Rajoy en la soledad del Monasterio del Escorial (espero que lo inviten a comer unos callos a la madrileña porque el lugar es muy bello, aunque un poco frío en esta época del año).

La receta para explicar la recuperación de España es una combinación de factores puntuales como la deflación de costos internos (la recesión ha sido muy dura) y la debilidad del euro (gracias a la fortaleza del dólar) con algunos más estructurales como la inversión en infraestructura ininterrumpida desde el ingreso a la Comunidad Europea (son más de treinta años) y el desarrollo de un grupo empresas multinacionales líderes como Zara, Grupo Santander y/o Telefónica.

La continuidad de las políticas públicas (entre otras cosas) ha permitido aprovechar la devaluación del euro experimentada el año pasado y atraer 75,4 millones de turistas (muchos de ellos argentinos) superando cualquier estimación previa y exportar mercancías por 254.000 millones de euros (otro récord histórico).

El regreso de la cordura

Macri, con este viaje, confirma que, más allá de los errores políticos de las últimas semanas, después de mucho tiempo reina la sensatez entre quienes gobiernan el país. El reciente viaje a Brasil, el llamado telefónico a Donald J. Trump para coordinar una visita a EE.UU. en la segunda mitad del año y la estadía en España demuestran que el Gobierno busca inversiones y mercado para nuestro productos entre los históricos socios de Argentina.

El Presidente, por suerte para todos nosotros, está desandando el camino de forzadas relaciones comerciales con países como Angola o Venezuela (en este punto, prefiero las relaciones carnales con EE.UU. de la época de Guido Di Tella a la embajada paralela en Caracas). Volver a mirar a Europa nos permite confirmar que el gasto en infraestructura, la lucha contra la pobreza y la continuidad de las políticas públicas son las claves para sacarnos de este estancamiento secular.

Señor Presidente, ¡renuncie!

Regresando a la cuestión del “milagro” español, una de las grandes sorpresas es que la mejora de la economía se ha logrado sin tener un gobierno constituido durante la mayor parte del año pasado. Muchos meses tuvo que esperar el Partido Popular (PP) de Rajoy para conseguir los acuerdos parlamentarios necesarios para hacerse cargo del gobierno. Esta es una opción que tal vez a Macri no le guste, pero que nos invita a pensar que a veces lo que puede hacer un gobierno es mucho menos de lo que se le exige.

Argentina carece de continuidades a lo largo del tiempo y sí las tuvo España (además del pulpo a la gallega). No podemos pensar en un cambio de 180° cuando hasta hace poco más de un año, nos debatíamos entre profundizar el modelo y acercarnos a Venezuela o volver a ser un país “normal”. La década anterior dejo heridas (económicas, sociales y políticas) muy profundas que, por mejor que se hagan las cosas de aquí al 2019, será difícil de revertir. España es un modelo a seguir, pero no nos exijamos más de la cuenta porque nos vamos a frustrar y podremos cometer el error de volver a cambiar de rumbo nuevamente.

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