Por fin le ganamos una a los brasileños

Nota publicada en contratapa del diario El Economista -19/4/17-.

Cuando a principios de los ’80, los coreanos se instalaron en el barrio del Once, la mezcla de los letreros con el sistema de escritura hangeul, junto con el sonido de la lengua yiddish, nos ponía un poquito más cerca de Nueva York. Lamentablemente, este argumento no me resultó para cancelar un paseo por la Quinta Avenida, y reemplazarlo por un recorrido para observar el estilo renacentista de Plaza Miserere.

A mi parecer, a los neoyorquinos no les queda otra que comer pizza en Sbarro cuando nosotros nos deleitamos con la Fugazzeta del “Cuartito” sobre la calle Talcahuano. Reconozco que Broadway con Frank Sinatra de fondo tiene más glamour que la Avenida Corrientes con Memphis La Blusera tocando “Moscato, Pizza y Faina”. Pero ellos tienen ahora de presidente a Donald J. Trump mientras que nosotros ya nos liberamos definitivamente (crucemos los dedos) del kirchnerismo.

Mano a mano

Durante el segundo mandato de CFK, la forma más sencilla para cuestionar el plan económico consistía en compararnos con el milagro brasileño. Luiz Inácio Lula da Silva fue elevado a la categoría de estadista, superando incluso a un Charles de Gaulle o Winston Churchill porque además de sus políticas ortodoxas tenía la buena onda de todo brasileño. Como verán, la alegría era de ellos y a nosotros solo nos quedaba la melancolía y la queja del tango.

Pero…¿qué sucede ahora? Nadie se anima a compararnos con ellos. Para criticar a Cambiemos, los economistas de la libertad mencionan a países como Australia o Nueva Zelanda y pretender ignorar a los Brasil de este mundo como Sudáfrica o Turquía. ¿Por qué pasa esto? Porque después de tocar fondo en 2012 con la expropiación de YPF, desde el triunfo en las PASO del Frente Renovador, Argentina ha comenzado a transitar la salida del populismo. Brasil sigue todavía sumergido en una grave crisis institucional, y así lo reflejan los mercados: en 2012 la tasa de un bono argentino en dólares era 8,2% más alta que uno similar del país vecino mientras que hoy esa diferencia se redujo a 1,2%.

Un nuevo rumbo

En 2017, Argentina aventaja a Brasil porque tiene un programa político: el gradualismo. Mientras que Brasil todavía no se decide cómo hacer para superar su crisis de representación política: mete preso a 2/3 del Senado o, como nosotros, solo enjuicia a los que tienen cara de malo y sin hacer olas. En Brasilia quieren que el petrolão termine como el Mani Pulite: cambiando los nombres de los partidos para que sigan los políticos de siempre. Pero estos procesos se saben cómo empiezan, pero no cómo terminan. Esperamos que para las elecciones presidenciales de 2018 tengan resuelto el asunto porque del crecimiento de su economía dependen nuestras exportaciones de manufacturas.

Una perlita fueron las declaraciones del fin de semana de Geraldo Alckmin, gobernador del Estado de San Pablo, que pidió por un tipo de cambio más alto y una menor tasa de interés. Aquí lo tenemos al vasco de Mendiguren pidiendo lo mismo, aunque por suerte para nosotros no gobierna la provincia más importante.

Cambiemos plantea un nuevo rumbo que, para bien o para mal, está intentando torcer la costumbre de resolver todos los problemas estructurales devaluando. Nuestros vecinos no parecen estar tan convencidos. Punto para nosotros.

Pollitos en fuga

Debatir de política económica con un kirchnerista nunca fue tan fácil por eso me resulta más interesante debatir con los fiscalistas ortodoxos sobre un gradualismo para el ajuste gradual o una terapia de shock. Esta discusión arrancó durante la campaña de 2015 y va para largo. ¿Recuerdan cuando se decía que Sergio Massa era la opción gradualista y Mauricio Macri la de shock? ¡Qué tiempos aquellos!

El gradualismo tiene en cuenta restricciones no sólo sociales sino también políticas. Los que piden por un fuerte ajuste del gasto público (aunque lleven la razón) desconocen que Cambiemos no posee ni peso territorial (porque con María Eugenia Vidal y su vestido coral no alcanza, también es necesario tener baronesas como Verónica Magario de La Matanza) ni mayorías parlamentarias para implementar un ajuste. Si los Hacienda- boys intentan recortar el déficit a la mitad del nivel actual, duran menos que un Ricardo H. López Murphy en el Ministerio de Economía.

Uno sólo le pide al Gobierno que las medidas de ajuste y reformas estructurales anunciadas se implementen, como decía el general Perón, sin prisa pero sin pausa. Al final, quieras o no, somos todos un poco peronistas.

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