El mañana nunca muere

Nota publicada en contratapa del diario El Economista -7/6/17-.

Todavía en la segunda mitad de los ´90 circulaban por la línea Mitre las formaciones Metropolitan Vickers con carrocería de metal Tipo “C”. Fueron las primeras eléctricas en el país (1931) y empezaron a funcionar 83 años antes de que Florencio Randazzo, luego de cambiar 20 veces el modelo de DNI, se decidiera por los trenes de la empresa china CSR Corporation (menos mal que aquí se decidió por el primer modelo que vio).

Los recuerdo de color blanco, distinto del marrón original que se perdió en 1987 cuando en un intento por lavarles la cara, pintaron la carrocería de ese color…y menos mal que quedaron lindos porque otra cosa no se podía hacer porque a fines de los ’80 no había un mango.

Gracias a la falta de un cierre automático de puertas, uno podía vivir de forma civilizada la inseguridad de viajar en tren en Argentina donde el mantenimiento es sinónimo de gasto. Ni Indiana Jones en “La búsqueda del Arca perdida (1981)” se hubiera animado a tanto: al final, de las cuatro secuelas, sólo pelea con los alemanes en dos de ellas. Acá no sé si se hubiera atrevido a subirse a los trenes de Ricardo Jaime todos los días durante una década entera.

El futuro llegó hace rato

Cuando uno repasa la Historia Argentina, siempre recuerda que fuimos la séptima u octava economía del mundo. Eso fue posible por la enorme inversión estatal y privada en infraestructura, que permitió explotar las riquezas de la pampa húmeda. Tener una de las tierras más productivas del planeta no era condición suficiente para el desarrollo, y el trigo y la carne deberían ser puestos en los barcos para ser vendidos en los mercados internacionales. Al final, fueron los créditos en libras y el ferrocarril inglés lo que permitió el milagro argentino.

Desde los caminos de Roma, que servían para movilizar sus legiones y traer el trigo de Egipto, alimento de una ciudad que fue parecida a nuestro conurbano pero con cloacas hasta los trenes de alta velocidad en China, la infraestructura juega un papel determinante en el desarrollo económico.

Por eso, imaginemos por un momento, que el ministro Guillermo Dietrich cumple e inaugura en 2023 la Red de Expresos Regionales (RER) que permite conectar el Obelisco porteño con el conurbano. ¿Cuántas posibilidades de negocios y puestos de trabajo se crearían uniendo el sur y el norte del AMBA en un cómodo viaje de 30-40 minutos?

La inversión en infraestructura tiene que ser el plan maestro de Cambiemos si esperamos un futuro distinto porque permite cumplir con el sueño de la pobreza cero al proveer de agua potable y calles con asfalto a las localidades más atrasadas de conurbano, porque baja la inflación gracias a los menores costos del transporte y porque alienta una mayor competencia. Pensemos en los locales ociosos de una galería en la Avenida Cabildo o Santa Fe que podrían ser utilizados por un taller textil que, en vez de utilizar los carísimos locales de los centros comerciales como distribución de sus productos, utilice la web y un buen sistema de courier para hacer llegar su mercadería a nuevos clientes. Sería el fin de los viajes a Miami para comprar ropa.

El hashtag del siglo

Pero no todo el gasto en infraestructura es útil. En el Egipto antiguo, por ejemplo, durante siglos se despilfarraron inmensos recursos para construir las pirámides a solo efecto de darle una morada final al cuerpo del Faraón. Recién en el Siglo XX y gracias al turismo masivo y a Hollywood con sus películas como “La momia” de Brendan Fraser (1999), se pudieron sacar unos dólares. En los 40 siglos anteriores, sólo sirvió para que Napoleón, al contemplarlas, dijera el que hubiera sido el mejor tweet del Siglo XIX.

Más cercano en tiempo y espacio, esta semana se inauguró, luego de tanta queja, el Metrobus del bajo porteño. Como por arte de magia, el murmullo constante de quienes insistían en usar el auto para ir al centro, se apagó. Hoy reina el silencio de la aprobación y la satisfacción de una obra que, al menos, ordena el tránsito. Está demostrado que no sirve quejarse por todo y que vale la pena ser pacientes, más cuando Horacio Rodríguez Larreta se trae entre manos terminar antes del 2019 (para su reelección) el faraónico Paseo del Bajo.

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