¿Argentina Low Cost?

Nota publicada en contratapa del diario El Economista -28/6/17-.

Martes. 8.10 de la mañana. Aeropuerto de Oslo, Noruega. El letrero luminoso de la sala de preembarque anuncia la salida del vuelo DY1740 de Norwegian con destino a Barcelona, aún parte del Reino de España. Son 3.20 horas de vuelo a menos de 100 euros y, como si fuera poco, todavía se puede viajar sentado.

Los noruegos están próximos a desembarcar en Argentina: todo un milagro porque nadie se ha animado a enfrentar a nuestros sindicalistas. ¿Será porque son descendientes de los antiguos vikingos? Ellos saben que los aeropuertos argentinos no se someterán a su flexibilidad laboral tan fácilmente como se rendían los monasterios ingleses e irlandeses en el Siglo IX ante los hijos de Odin, padre de todos los dioses nórdicos.

Los sindicatos están en alerta porque basta con entrar a cualquier terminal donde opera una low cost para entender de qué se trata el futuro de la aviación comercial: no hay casi empleados. Cuando uno observa detenidamente, el 99% de las personas son pasajeros, salvo por algún “asistente al viajero” que se acerca si hay problemas con la calidez característica de un vikingo, que mide dos metros y se parece al hermano de Thor.

¿Pero qué beneficio traen estos cambios? Con este modelo low cost, un país de poco más de 5 millones de habitantes, como Noruega, tiene un tráfico anual de 22 millones de pasajeros frente a los 14 millones que mueve el nuestro. Usted planteará que esa comparación no es justa porque ellos son noruegos y nosotros argentinos. En realidad, no es tan así: allá por 1970, cuando en Argentina volaban 2,4 millones de personas por año, en Noruega lo hacían 2,3 millones. ¿Qué paso en los últimos 45 de años? Nosotros elegimos ponernos la camiseta “somos todos Aerolíneas” y aceptamos pagar un sobreprecio en los pasajes para financiar 12.000 puestos de trabajo cuando sólo se precisaban 5.000. Nada es gratis, ni los alfajorcitos de a bordo.

Pero el exceso de mano de obra no es patrimonio de la aviación comercial: al tomar el tren en la estación Carranza de la línea Mitre, uno observa la dedicación con la que los cinco empleados de Ferrocarriles Argentinos, instalados al costado de los molinetes de ingreso al andén, verifican que el servicio de telefonía 4G funcione correctamente. Estoy seguro que, sin su gran esfuerzo, no tendríamos la posibilidad de esperar el tren chequeando Facebook. Gracias por tanto, perdón por tan poco.

¿Volver al futuro?

El modelo proteccionista nos dejó un aparato productivo heterogéneo en el cual conviven tecnologías del Siglo XIX con otras del Siglo XXI. Un ejemplo es la imposibilidad para que se instalen en nuestro país empresas como Amazon porque fracasan ante la falta de una infraestructura moderna y eficiente en el transporte que les impide brindar un buen servicio de entrega. En los próximos años se define si podremos dar a tiempo el salto tecnológico (ejemplo, comercio online) que otros ya dieron. Es un momento donde el curso de la historia mostrará un quiebre definitivo similar al que experimentaron nuestros bisabuelos cuando a principios del Siglo XX fueron testigos de la creación de la televisión, la radio, el teléfono, el automóvil y la aviación. En el 2030 (parece ser la fecha de moda) los intelectuales se referirán a esta época como de transición entre un mundo dominado por el petróleo y lo analógico a uno marcado por internet y las energías renovables.

Por esta razón no queda otra que aceptar la llegada de las low cost. Porque no podemos negar el progreso: la tecnología, tarde o temprano, se hace lugar. Aquí no está en discusión si La Salada es una manifestación de puro liberalismo (increíble cómo se puede torcer la realidad para justificar una idea), sino como el Estado ayuda a los más vulnerables a adaptarse a los cambios que se vienen. La adaptación es la única alternativa porque es mejor aceptar los cambios por las buenas a que se impongan por las malas. La década de los ’90 vivimos un clásico ajuste a una nueva realidad pero aplicado sin anestesia por no haber cambiado a tiempo en los ‘80. Si fracasara el gradualismo de Cambiemos, tenga por cierto que no lo reemplazará un neopopulismo sino un drástico ajuste ante el irrefrenable avance de las nuevas tecnologías. Por esta razón, es determinante que el sector público acompañe la globalización porque ya no puede combatirla.

Drones y piquetes

En el mes de febrero del año pasado, Federico Sturzenegger tomó la decisión de terminar con la obligatoriedad del envío de resúmenes de tarjetas de crédito. Como era de esperar, el sindicato de camioneros protestó y Pablo Moyano, megáfono en mano, amenazó con paralizar todo el transporte de caudales si no se echaban para atrás con la medida. Finalmente su enérgica protesta logró flexibilizar la aplicación de la norma y salvó la estabilidad de sus 4.000 afiliados. Pero la irrupción de Moyano Jr. sólo logró postergar lo que resulta inevitable. Al final, llegará el día donde no haya más traslado de efectivo y el reparto de la correspondencia no lo hagan los camioneros de Moyano sino los drones. Yo me pregunto, ese día, ¿a quién le van hacer un piquete? Seguramente, el ingenio popular argentino, inventará los primeros piquedrones.

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