¡Vikingos!

Nota publicada en contratapa del diario El Economista -19/7/17-.

El invierno llegó a Buenos Aires y los canales de noticias estrenan todo el menú para las bajas temperaturas: desde el zócalo de la TV con la original “ola polar” hasta recetas de cocina pasando por el debate si dormir con medias altera o no el sueño. Por las dudas, los porteños salimos a la calle abrigados, como vikingos listos para cruzar el Mar del Norte en uno de sus drakkars.

Cuando uno observa los drakkars, unos barcos largos y extraordinariamente estrechos, comprende porque saqueaban con tanta violencia los monasterios ingleses. Imagine por un momento el mal humor luego de volar doce horas en clase turista repleta de argentinos y ahora cambie las horas de vuelo por días de navegación y el asiento que no reclina por un tablón de madera sin respaldo a la intemperie. De todas formas y hasta no hace mucho tiempo, en esta ciudad por un mero retraso del tren se quemaba una formación entera.

Los 300 años de saqueos y conquistas vikingas se explican, en parte, por las duras condiciones de vida en Escandinavia. Por aquella época, mucho antes de Nokia y Volvo, la mejor opción para los hijos varones no primogénitos era hacerse a la mar para ganarse una fortuna a costa de la Iglesia (y sus súbditos). Pero el paso del tiempo, la educación pública y la aparición de vecinos más complicados como los alemanes y los rusos, terminaron convirtiendo a esta gente en un pueblo agradable que logra entretenerse con los torneos de “Air Guitar”.

Una cuestión de oferta

Es aceptado públicamente (aun para los liberales más ortodoxos) que la formula nórdica ha tenido éxito: es posible lograr el desarrollo con una presión impositiva que supera en promedio el 40% del PIB. En Suecia, por ejemplo, la tasa con la cual se graban los ingresos del sector privado asciende hasta el 60% para los más ricos (esto incluye los impuestos a la renta, aportes jubilatorios y al sistema de salud).

¿Por qué nadie protesta ante este abuso? Simplemente porque la oferta de bienes y servicios que provee el Estado es de calidad. Esto se traduce en un mayor ingreso disponible porque los ciudadanos de los países escandinavos no deben afrontar gastos en salud, educación o seguridad. La ecuación es aún más favorable si a estos beneficios sociales se suman la buena infraestructura con que cuentan y el respeto por la normas.

Reducir la discusión al tamaño del Estado, por lo tanto, no resuelve nada, porque si fuera tan simple como lo plantean los economistas libertarios donde un Estado grande es malo (y feo) y uno pequeño es bueno (y lindo), los nórdicos no serían un modelo a seguir incluso para los países más desarrollados.

En nuestro país una oferta de calidad se reduce a inaugurar un centro de trasbordo como el de La Matanza donde se puede conectar el Metrobus con el tren Belgrano Sur pasando por una pasarela elevada y no jugando a la mancha con el tráfico de la Ruta 8.

El deterioro de la infraestructura en Argentina es tal que ya nadie espera que se inaugure una plataforma para vuelos espaciales que luego de remontarse a la estratosfera estemos en una hora y media en Japón. Bastaría con reducir el viaje en tren de Buenos Aires a Mar del Plata de siete a cuatro horas. En este contexto, incluso el Metrobus parece un invento revolucionario. Por eso no me imagino el día que los políticos inauguren el primer tren argentino de alta velocidad: nos morimos todos de un infarto colectivo en plena suelta de globos.

Made in Germany

Pero existe otro debate para sumar a la calidad de bienes y servicios que ofrece el Estado y apunta a la oferta del sector privado. ¿Por qué razón estamos dispuestos a pagar más dinero por la etiqueta “Made in Germany” que la de “Industria Argentina”? ¿Por queé razón nos gusta más como nos atienden en un restaurante en Bogotá que en uno de Palermo Hollywood? La mala calidad y la pésima atención no es patrimonio de los funcionarios públicos o de los políticos: es de todos.

Desde el lugar de donde salimos, no podemos pensar en aplicar el modelo noruego o sueco, porque sería impracticable. Pero tampoco entregarnos a la idea de reducir el peso del Estado cuando 30% de la población es pobre, la infraestructura es insuficiente y el sector privado siempre tiene a mano una excusa para posponer inversiones. Para salir de esta situación, la primer medida sería impulsar una mayor competencia que garantice potenciar la marca “Made in Argentina”. Para lograrlo, habrá que dejar atrás la polarización y buscar el “ancho modelo del medio”.

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