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Nota publicada en contratapa del diario El Economista -18/10/17-.

Las buenas películas son aquellas que logran entretener mientras expresan su visión del mundo. En 2004, Roland Emmerich, con “El día después de mañana”, retrata qué clase de apocalipsis podría esperarnos sino advertimos a tiempo el cambio climático. Pero una década después de su estreno, nadie va al cine a ver este tipo de films. ¿Por qué? Las cadenas de noticias satisfacen el deseo de ver otro diluvio universal transmitiendo en vivo, todos los septiembres, la temporada de huracanes. Las emisoras de cable han descubierto que la transmisión de desastres naturales da más rating que una final de fútbol (excluimos a los terremotos porque no permiten cubrir la previa porque, lamentablemente, a la Tierra le encanta sacudirse sin avisar). Esto es la demostración de que el cine, como arte, se adelanta a su tiempo.

Este mes de octubre se estrenó “Blade Runner 2049”, secuela de aquella dirigida por Ridley Scott en 1982; el film representa una visión distópica de Los Angeles: un mundo donde la tecnología termina adueñándose de su creador, el hombre. El temor a un futuro dominado por las máquinas es recurrente en el cine pero también en la vida real: hoy asistimos al debate si la adopción de nuevas tecnologías dejará al hombre, finalmente, sin trabajo. Este temor al progreso llega a extremos en films como “The Matrix” (1999) donde la libertad está amenazada por el desarrollo de la inteligencia artificial (aunque yo estaría más preocupado por el avance del fundamentalismo religioso que el de las máquinas porque, al final, los robots son sujetos lógicos).

En esta versión de Blade Runner algo se rompe cuando aparece en escena Harrison Ford. Hace el mismo papel que esas viejas glorias del fútbol que los llaman para animar fiestitas de cumpleaños. Nuestro querido héroe está jubilado: dejémosle vivir su retiro en paz. De la misma forma le pedimos a muchos candidatos dejen de jugar al juego de la copa y no convoquen más a las figuras de Perón y Evita. La pérdida de votos no se recupera proyectando en el imaginario colectivo una nueva emisión de “Sucesos Argentinos” (1938-1972): miremos al futuro sin miedo y dejemos el “pasado idílico” atrás.

Límites a la tasa

La novedad más importante en la lucha contra el alza de los precios fue la adopción de un sistema de “metas de inflación”. Para alcanzar su objetivo de una inflación del 5% en 2019, el BCRA mantiene, por primera vez en más de una década, una tasa real en pesos positiva. Esta estrategia sostiene la demanda de pesos porque recupera el ahorro en nuestra moneda (ahora no todo el cash va a consumo). Mucho de los inversores de Lebac no son carry traders, y simplemente encuentran alternativas para su liquidez. Pero el dato del IPC de septiembre pareciera indicar que con esto sólo no alcanza para bajar la inflación. La ortodoxia sigue equivocando el diagnóstico porque la inflación no es sólo un fenómeno monetario (por favor explicar porque la Reserva Federal de EE.UU., aun cuadruplicando la “cantidad de dinero”, no pudo en casi diez años alcanzar su objetivo de una inflación núcleo superior al 2% anual).

La economía no posee leyes universales como la física: para comprender el fenómeno de la inflación, además de limitar el crecimiento en los agregados monetarios (y el déficit fiscal), también habría que hacer foco en la (poca) apertura comercial y en la (ausencia) de competencia.

Importar=competir

El principal problema para bajar los precios reside en la oferta. Si no pregúntenle a las inmobiliarias de La Plata por qué las propiedades en la ciudad son tan caras. La actitud corporativista adoptada por el sindicalismo (UOCRA, Pata Medina & Co.) impidió, en los últimos diez años, que creciera la oferta de propiedades y, en consecuencia, no subiera (tanto) el precio del metro cuadrado. Pero también son algunos empresarios quienes obstaculizan, a través de numerosas asociaciones, el incremento en la oferta de bienes y servicios porque no quieren afectar los intereses creados. Del coloquio de IDEA lamentablemente no salió un firme reclamo por más competencia y apertura comercial. Después, por favor, no pongamos el grito en el cielo porque sube el calzado (como ocurrió el mes pasado) cuando hacemos todo lo posible para limitar la importación y la competencia.

Este próximo domingo, si los pronósticos se cumplen y Cambiemos se consolida como principal fuerza política del país, empieza el verdadero desafio: poner en marcha las reformas estructurales que tanto necesita nuestra economía. No estamos para ver a otro proyecto político terminar sus días, como diría Pablo Granados, en una “hecatombe, crisis total, una seguidilla de hechos bochornosos”. Estamos más para ver un cierre a toda orquesta cuando los 45 millones de argentinos, todos en fila, seamos filmados en cámara rápida recorriendo el país al ritmo de la canción de Benny Hill.

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