Bitcoin: una bella historia

Nota publicada en contratapa del diario El Economista -13/12/17-.

La escena inicial de “Troya” (2004) es magnífica: Agamenón, rey de Micenas, envía a un niño en busca de Aquiles (interpretado por Brad Pitt) para que decidida el futuro de la batalla contra una ciudad rival, en un combate individual contra el mejor guerrero del ejército enemigo. Ese duelo a muerte dura apenas un instante con la previsible victoria de Aquiles y le permite a Agamenón alzarse con el triunfo.Pero la “Ilíada” de Homero, fuente de inspiración para la película de Wolfgang Petersen, inicia de manera bien diferente: los griegos ya se encuentran sitiando Troya cuando Aquiles decide no bajar al campo de batalla porque está furioso (“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles”). Su amada esclava, Briseida, fue entregada al déspota de Agamenón para compensarlo porque esté perdió a la suya, Criseida, a fin de aplacar la ira del dios Apolo. Estos primeros versos de la “Ilíada”, según el excéntrico ex alcalde de Londres, Boris Johnson, definen el espíritu de la futura democracia ateniense: la rebeldía de un héroe que forja su fortuna por mérito propio (y de su espada), frente al autoritarismo de un rey (es decir, de un político) que hereda el poder sólo por su condición de hijo. La lucha entre la meritocracia y la burocracia ¿Les suena?

La ira de Aquiles es la primera gran historia jamás contada que perdurará hasta nuestros días. Aquellos juglares que una generación tras otra preservaron la historia (en forma de versos recitados) fue tan exitosa que tuvo una secuela (casi tan buena como la primera): la Odisea de Ulises para retornar a su hogar, la isla de Itaca. Entre el cíclope Polifemo, la hechicera Circe y el canto de las sirenas, la historia de Ulises se merece una “remake” de Hollywood.

Desde que el hombre habita en este mundo, se cuenten historias: antes de ir dormir o en compañía de amigos, siempre estamos ávidos de historias.

Hoy los medios nos acercan una nueva narrativa: el nacimiento del mundo de las criptomonedas (la más conocida, la del Bitcoin). Esta fábula no tiene nada que envidiarle a la de las “.com” de fines de los noventa o la de los tulipanes en el Siglo XVII en los Países Bajos (recomiendo leer “Breve historia de la euforia financiera”, de John Kenneth Galbraith). La historia, como los versos de la “Ilíada”, se repite.

Unidad de cuenta, medio de intercambio o reserva de valor

¿Qué es una criptomoneda? ¿Una moneda o un activo financiero? En un principio fue una moneda (allá por 2010) y se llegó a especular con que reemplazaría al dólar. Pero al final, pocos decidieron denominar contratos comerciales con una unidad de cuenta que puede subir 26% en sólo dos días, tal como ocurrió entre el 10 y 12 de diciembre de este año cuando pasó de US$13.090 a US$16.552.

Si no puede funcionar como unidad de cuenta, entonces no puede ser una moneda. Nuestro querido peso, pese a todo, sirve para denominar la mayor parte de las transacciones o contratos de nuestra economía (desde el precio de una TV Led hasta el sueldo de un empleado bancario).

Tampoco sirve la criptomoneda como medio de intercambio por la misma razón: su volatilidad. La acción de YPF o Edenor podría tener la misma funcionalidad que el Bitcoin a la hora de realizar el pago de un servicio o la compra de un producto. La variación de su valor en un mismo día, haría muy riesgosa cualquier operación (a gran escala, no en casos puntuales).

Pero el Bitcoin si podría servir como reserva de valor, es decir, para ahorrar. Aunque recomendaría utilizar activos con menor volatilidad como un bono soberano en dólares, para los defensores de las criptomonedas devengar una tasa del 6% es un chiste cuando pueden hacerse ricos de la noche a la mañana juntando Bitcoins. Pero esta clase de activos al no tener un “clash flow” ya que no paga ni cupones ni dividendos, tiene valor en la medida que los inversores crean que subirá de precio. La escasez es sólo una excusa para justificar porque creen que seguirá subiendo de precio.

Probar suerte

¿Puede llegar a valer un Bitcoin US$ 100.000? Sí. ¿Pueden aparecer otros “bitcoins”? Por supuesto. ¿Puedo hacerme millonario? También. ¿Y puedo perderlo todo? Definitivamente.

¿Qué hago entonces? Nada les impide apostar y probar suerte a que mañana venga otro comprador y les page 10 veces más por sus bitcoins pero es importante que siempre estén dispuestos a perderlo todo. Si no, mejor quedarse quieto.

Esta manía especulativa tiene su lado positivo: los dueños de esta tecnología tienen asegurado el financiamiento para continuar con su desarrollo y lograr que dentro de 10 años (tal vez antes) sepamos bien para que sirvió todo esto. A fines de los ‘90, la locura de las “.com” logro que una gran mayoría de inversores (los que se quedaron y los que llegaron tarde) perdiera hasta la camiseta cuando vino el crash, pero también para financiar la tecnología que hoy permite que podamos comprar cosas por Amazon, navegar con Google y subir la fotos de nuestras próximas vacaciones familiares en Las Toninas en Facebook. Veinte años atrás nadie lo hubiera imaginado… lo de las fotos en Las Toninas, digo.

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