Por qué soy optimista

Nota publicada en BAVIVO.com -16/9/18-.

La quiebra de Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de los EE.UU., cambió radicalmente mi forma de entender las crisis económicas.

El lunes 15 de septiembre de 2008 era mi primer día como portfolio manager para mercado emergentes en Aviva Investors London. Las oficinas se encontraban justo sobre Bank Station de la Central Line, en el corazón financiero de City de Londres. Su ubicación en 1 Poultry, entre St Paul’s Cathedral y el Bank of England, ambientaban la escena con ese toque imperial que mejor define a Londres.

Esa mañana, la oficina estaba sumida en un silencio sepulcral; recuerdo a mi jefe, quien unos meses antes me había entrevistado con sus ojos lleno de futuro, tomándose la cabeza con sus manos mientras contemplaba atónito las pantallas de Bloomberg: era el Armagedón.

Ese día el mundo financiero dejó, literalmente, de girar. Nadie quería hacer nada, era como si hubiéramos entrado en la “Era del hielo” pero sin la simpática ardilla. Mi primera decisión la tuve que tomar esa misma tarde. Ni bien abrió el Bovespa, me puse a vender acciones de Unibanco (en aquel entonces, era el más vulnerable de los tres grandes bancos brasileños, porque su fondeo era en el mercado mayorista). Mi jefe no dudó en apoyar mi decisión, su frase durante esa primer semana de crisis fue: “don’t ask, sell” (no preguntes, vende). Y eso hice, sin consultar o hablar con mis nuevos compañeros, sólo atiné a vender. Los precios se derretían porque no había piso. Cuando a eso de las siete de la tarde regresaba caminando hacia mi casa (había alquilado un apartamento de un dormitorio cerca de la estación de Aldgate, donde termina la City of London y empieza la cosmopolita East London), pensaba: “¿Cuánto iba a durar en mi nuevo trabajo?, ¿pasaría las próximas navidades en Londres o estaría de regreso en Buenos Aires?, peor aún, a medida que avanzaba hacia casa, imaginaba que tras la quiebra de Lehman Brothers vendría el colapso de Merrill Lynch, luego el fin del Citibank y finalmente caería el coloso Bank of America. Los próximos días serían una cascada de quiebras que pondría fin a la sociedad moderna tal como la conocemos. Esos pensamientos me llenaron de angustia; tenía sólo 30 años y un bebé de 4 meses.

Por suerte al día siguiente, antes de ingresar a la oficina, pedí y me sirvieron en el Pret a Manger de Aldgate High St el capuccino con una gran sonrisa y aceptaron como medio de pago a mi tarjeta de débito. El sol apareció entre las nubes y, juntando un poco de ánimo, ingresé al ascensor del edificio de mi oficina: “second floor, please”.

Los días y meses que siguieron escuché de mis compañeros todo tipo de pronósticos apocalípticos: desde el fin del dinero y los bancos, hasta el regreso a una sociedad de trueque y a una guerra comercial que deprimiría al mundo en una barbarie parecida a la caída del imperio romano. Hasta se llegaba a comprar oro a través de certificados que tuvieran como respaldo lingotes depositados en bóvedas en Suiza porque no se confiaba más en el dólar americano. Recuerdo que en los almuerzos con mis colegas siempre recomendaba incorporar armas a esa cartera del día del “fin del mundo” porque de alguna manera habría que defender esos lingotes, ¿o no?.

Incluso hubo quienes reventaron sus tenencias en acciones y bonos para comprar campos o pequeñas parcelas de tierra; habíamos llegado al punto de trazar escenarios del estilo Mad Max. Aclaro que todos mis compañeros tenían doctorados en economía o maestrías en finanzas, no había novatos, todos tenían al menos 10 años de mercado.

Un día llegó la navidad y luego vino el fin de año y finalmente, en marzo de 2009, gracias a la intervención coordinada entre los bancos centrales de EE.UU., Europa, Inglaterra, Japón y China, se logró encontrar un piso a la crisis. Lo que vendría después serían 10 años de crecimiento y estabilidad como ocurre siempre luego de una catastrofé como aquella. Es cierto que luego, en 2011 y 2012, Europa tuvo su momento de dificultad, pero salió adelante y lo mismo ocurrió con los países emergentes allá por 2013 y 2014.

En 2018, el mundo atraviesa, a pesar de las constantes amenazas de guerras comerciales, encarecimiento del precio del dinero (del dólar, básicamente) o de los tweets de Donald J. Trump, un periodo de expansión como ningún otro.

Hoy tengo 40 años y un bebé de dos meses (el otro ya va por los diez años), pero ahora me encuentro en Buenos Aires, y para variar, en el medio de otra crisis. Y como en aquél Londres de 2008, veo aparecer en los medios y en las charlas con amigos y colegas pronósticos apocalípticos: que volvemos a la hiperinflación, que nos dolarizamos a 90 pesos por dólar o que se viene un estallido social como en el 2001/2002.

Lo que cambió es mi actitud porque hoy, sabiendo que la única crisis terminal fue la que hundió a la Atlántida en algún lugar del Mediterráneo, sé que vamos a salir de esta situación porque,  tarde o temprano, el sistema de precios generará oportunidades para aquellos que tienen recursos, los inviertan en actividades que pondrán en marcha de nuevo a la economía.

Tardaremos seis, nueve meses o un año, pero en algún momento, estaremos hablando de brotes verdes, exportaciones récords y nuevas oportunidades. Ser pesimista conlleva estar siempre contra el optimismo reinante de la mayoría de la población que todos los días se levanta esperando progresar, salir adelante. Los optimistas somos aquellos que con nuestras decisiones apostamos por un futuro mejor y le damos forma mientras que los agoreros de crisis apocalípticas sólo de vez en cuando aciertan y no sacan ningún provecho de ello salvo que disfruten del dolor ajeno. Por eso, esta vez, me prometí no volver a comprar escenarios apocalípticos y en eso estoy, invirtiendo, apostando por un futuro mejor, que será nuestro, el de los optimistas, porque siempre fue y será así.

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