¿Qué estamos esperando?

¿Por qué el mercado no encuentra un piso? El anuncio de cuarentenas masivas y estímulos monetarios y fiscales “infinitos” parece no ser suficiente. Los inversores esperan de las autoridades un plan creíble sobre cómo regresar a la normalidad el día después.

El brote del coronavirus alimenta la imaginación sobre un futuro distópico donde la globalización retrocede ante el proteccionismo y una nueva guerra fría estalla entre las principales potencias del mundo. Es un futuro, además, en el que las máquinas reemplazan a los humanos y dejan a millones sin trabajo. Pero estas predicciones son más propias de Hollywood que un reflejo de lo que ha sido nuestra historia. Esta crisis demostrará – una vez más – que la humanidad es capaz de aplazar el día de apocalipsis. 

El coronavirus generará cambios duraderos en nuestra economía. Entre las consecuencias más importantes, se prevé que ocurra lo siguiente:

  • la corriente económica más liberal (la escuela de Chicago) que abogó por una reducción del rol del Estado en la economía perderá muchos adherentes, ya que la inversión en salud e infraestructura hospitalaria necesaria para enfrentar las próximas pandemias cambiará el perfil del gasto público de aquí en adelante;
  • el déficit público será financiado con emisión – cada vez más cerca de las recomendaciones de la Teoría Monetaria Moderna (MMT) – pero sin regresar a los periodos de elevada inflación de la década de los setenta;
  • tendremos más producción local de insumos médicos pero una mayor cooperación entre naciones porque las epidemias son un problema global y no local;
  • la inversión en energías renovables cobrará mayor impulso para mitigar uno de los principales responsables de los brotes epidémicos: el cambio climático.

La historia nos demuestra que de las crisis se puede salir con una solución positiva y duradera pero también negativa y cortoplacista. Las consecuencias de un mal tratado como el de Versalles (1919) y la implementación de pésimas políticas económicas luego de la crisis de 1930 alimentaron el surgimiento del fascismo en Europa. Pero al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las  democracias occidentales decidieron otro camino para enfrentar la amenaza del comunismo: construyeron una sociedad más cooperativa, basada en el estado de bienestar y en la integración comercial. Creemos que esta crisis producirá más cambios positivos que negativos.

¿Cómo seguimos?

Ante la gravedad del brote del COVID-19 en Italia, las autoridades de todo el mundo decidieron enfrentar la crisis imponiendo cuarentenas masivas. Fue una solución dictada desde la urgencia sanitaria y estuvo bien. Sin embargo, será cuestión de tiempo para comprender que el derrumbe del empleo y la producción que inevitablemente producen este tipo de medidas no pueden ser mitigados ni con el más ambicioso paquete de estímulo fiscal o monetario. Alimentar a toda la población sin producción es imposible. Tampoco se puede limitar la producción a un segmento puntual – industria de alimentos y remedios – porque el sistema económico es demasiado complejo y está interconectado a escala global. Conclusión: o ponemos a trabajar a la mayor cantidad de sectores posibles, o estamos en problemas.

Esta es la preocupación que tiene hoy el mercado: por ahora hay un plan que consiste en poner en cuarentena a toda la economía para “aplanar” la curva de infectados y no saturar el sistema de salud; pero ¿y después qué?

Los inversores esperan que se esté ganando tiempo para diseñar un estrategia de contención definitiva del brote. Pero es más probable que al concluir la cuarentena no hayamos logrado una solución final al problema del contagio.

Es hora de ir pensando en diseñar un plan para aprender a convivir con el virus. 

¿Qué implica convivir con el virus? Que los adultos mayores y las personas en situación de riesgo continúen con la cuarentena, y aquellos más aptos regresen a sus trabajos tomando todos los recaudos necesarios. En un escenario de este tipo, la oferta laboral se vería mermada de forma prolongada por la cantidad de bajas por enfermedad, pero la economía podría volver a funcionar.

¿Cuándo se aceptará esta situación? Dependerá del costo político que estén dispuestos a asumir las autoridades: un mayor número de infectados entre la población de menor riesgo o el derrumbe del sistema económico. Está claro que las economías con mejor infraestructura hospitalaria podrán implementar una vuelta a la normalidad más inmediata y correrán con ventaja frente al resto (Alemania y Corea, por ejemplo).

En la búsqueda de un piso

El plan de vuelta a la normalidad es lo que el mercado está esperando para recuperarse. El índice S&P 500, la deuda soberana emergente o el precio de la materias primas todavía no han rebotado con fuerza por la falta de visibilidad en este punto.

Los inversores pueden convivir con el virus, pero no con un párate económico.

Cuando llegue “el día después”, habrá industrias que se recuperarán rápido y otras, en cambio, a las que les llevará bastante más tiempo, y que seguramente precisen del apoyo de sus estados para salir adelante (con la consiguiente dilución para los accionistas minoritarios).

Los países ricos tendrán suficiente capacidad de fuego para atender a estas industrias; sin embargo, distinta será la historia para aquellos países emergentes sin capacidad de política fiscal contra-cíclica (Argentina).

Visión

Este virus nos es el que convirtió a Willy Smith en el único habitante de New York en la película “Soy Leyenda”. Por eso no dudamos que, una vez más, la humanidad saldrá adelante, aunque no sabemos a qué costo. El precio dependerá de la firmeza y la convicción de nuestras autoridades. Durante la Segunda Guerra Mundial, para enfrentar la amenaza del fascismo, las democracias occidentales contaron con líderes de la talla de Churchill, Roosevelt, MacArthur, Eisenhower, Montgomery y Patton. ¿Quiénes serán esta vez los grandes líderes que tomen las decisiones más difíciles? Esto es lo que se pregunta el mercado. Por ahora seguimos con un “wait and see”.

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